Hacía ya bastante tiempo que Ulrico había quedado él solo
como único Señor del Bosque. Desde que él recordaba, sus familiares, y los
familiares de sus familiares, y las familias de los familiares de las familias
de sus familiares, habían habitado todo aquel bosque desde el más escondido y
lejano rincón, hasta la misma senda que conducía a su Roble. Pero ahora ya
estaba él solo. Y todo por aquella traición. Solo.
Una gélida
mañana de diciembre en la cual el sol no parecía tener muchas ganas de asomar
su cara, probablemente por el espantoso frío que había y, peor aún, por aquel
otro que se avecinaba, Ulrico tomó la determinada determinación de asomar la
nariz por la puerta e ir a recoger leña. Por supuesto, sería leña quebrada.
Nunca ningún duende había roto una sola rama a un solo árbol en ni un solo bosque
del reino. Pero el hogar debía ser avivado, el Roble caldeado y la cocina de
bellas patas, cargada y alimentada. Y que él supiera, sólo podría hacerlo con
leña. Calzó sus botas de confección casera, “vale más un par de botas no muy
hermosas, pero abrigadas, que un par de calzas muy hermosas pero agujereadas”
se decía siempre que se las calzaba; se encasquetó su gorro de lana amarilla y
negra, la bufanda azul en torno al cuello y se puso en marcha.
Mieyu lo vio marchar sin mucho aplomo y bastante encorvado
por el helado viento que soplaba desde el norte. Maulló una vez. Maulló otra
más. Y otra. Y otra. Dio dos vueltas hacia la derecha, una a la izquierda y una
a la derecha; maulló nuevamente; miró a Ulrico y luego hacia la gran cama.
Maulló por última vez y, de dos saltos, se encaramó en el lecho de plumas que
no estaba preparado precisamente para él. Dos vueltas y a dormir. Mientras,
Ulrico pensaba “Dulce vida la de Mieyu. Come, duerme, come y vuelve a
dormir. Siempre en casa, calentito. Dulce vida, sí señor.”
Al sol parecían habérsele pegado las sábanas, porque no
daba señales de vida y el bosque entero parecía sumido todavía en el sueño
nocturno. Pero eso le daba un cierto aspecto de irrealidad. No veía muy bien,
eso lo reconocía él, pero la ausencia de luz en lo profundo del bosque, no le
ayudaba en exceso.
—No, no he elegido ni el día, ni el camino adecuado. Por
aquí no me cabe ni la mitad de la carreta —comentó en alta voz a nadie en
particular.
Le llamaba carreta, pero era un mero vocablo para designar
a un extraño y estruendoso aparato provisto de dos ruedas que, en días más
felices, debieron ser redondeadas, sino redondas, pero que en esos solitarios
días, tiraban más a cuadradas, desde luego. Tiraba de ella Balidorronco, su
cabra lechera, otra pieza más de un museo que un útil, porque la edad de la
cabra superaba con creces a la de los retoños de avellano que había plantado
hacía más de tres décadas en el Último Claro, y no estaba para muchos ordeñes,
por lo que el apelativo de “lechera” era más una costumbre que un realidad.
Ante la incertidumbre de Ulrico de si el desvencijado
carretón pasaría o no por aquella senda, Balidorronco optó por mascar un poco
de aquella oscura hierba tan aromática que le rodeaba y que tan pocas veces
había tenido oportunidad de degustar. Desde que Ulrico se había hecho cargo de
su manutención no es que la matara de hambre, por supuesto que no, él era muy
bueno con ella, pero no podía balar que tuviese una amplia variedad, el frente
del Roble daba de sí, lo que daba de sí. Los padres de Ulrico habían sido los
Señores del Gran Roble durante generaciones y muchas generaciones de cabras,
pero un día habían desaparecido y Ulrico había pasado a ser el único Señor del
Bosque. Y a cuidar de ella. No le tenía un aprecio desmedido, eso era verdad,
probablemente habría estado mejor ella sola, no en vano era de familia noble, o
con otro Señor que le posibilitara un menú más variado, pero no le odiaba
tampoco, ya que por lo menos comía. Y es que a las cabras de bosque, lo único
que les importaba, al menos en aquellos extraños días, era comer; y más si la
cabra boscosa pertenecía a la Casa de los Señores y pertenecía por nacimiento a
familia renombrada de cabras boscosas. A cambio, entre bocado y bocado, se
dejaba ordeñar. Mejor si era durante bocado y bocado, para no interrumpir los
múltiples momentos de almuerzo de las cabras de bosque. Curiosa vida aquella de
las cabras de bosque. Pero sólo si eras una cabra de bosque.
Finalmente Ulrico decidió que Balidorronco y la carreta
esperarían a que él portease las enormes brazadas de leña que estaba más que
dispuesto a cargar. Desde luego, a lo que no estaba dispuesto era estar
saliendo cada dos por tres de su Roble para buscar leña con aquellos impetuosos
vientos. Y él era un robusto duende... al menos eso siempre había creído él.
Arrugó la nariz, frunció el ceño, unió sus pobladas cejas, entrecerró los
ojillos tratando de ver más allá de dos metros, y avanzó tan decidido a dejar
limpia la zona de leña, como a volver a desayunar en cuanto llegase a casa.
Aquel pensamiento le animó; no le quitó el frío, pero le animó a espabilarse.
Pensar en volver a desayunar antes de su segundo desayuno siempre le animaba.
Y, por supuesto, siempre cumplía lo que pensaba. Mientras caminaba, hizo
inventario de su despensa y, en tanto la boca se le hacía agua y el estómago le
gritaba desordenado, su memoria se ancló en la leche agria con limón y miel que
tenía en el estante verde. Por cierto, tenía que reforzar aquel estante, porque
estaba empezando a combarse hacia abajo por el peso de los tarros. Bueno, eso
sería después de vaciarlo de tarros de leche agria... no se puede ni se debe
arreglar un estante verde combado y lleno de tarros de leche agria, ni con el
estómago vacío, ni lleno de tarros de leche agria... primero hay que vaciarlo y
llenar la tripa.
Tomó el sendero izquierdo que partía del ramal derecho de
la senda que surgía del camino central, yendo hacia el sur, que siempre había
sido la zona más cálida del Bosque y la leña no estaría tan mojada allí, con una
sonrisa en la sonrosada carota y los ojos ensoñadores escudriñando el suelo.
Ciertamente aquella zona sur era más cálida (de hecho el
sol ya miraba a través de las altas ramas de alerces y robles al interior del
bosque), pero la neblina producida por el calor del sol al contacto con la
húmeda tierra nocturna, revoloteaba, juguetona y pesada, en el suelo, a la
altura de las rodillas de Ulrico. Mala elección la suya, pero ya no iba a darse
la vuelta, sino se le juntaría el entre-desayuno con el segundo desayuno y éste
con el almuerzo de media mañana, y no podía desperdiciar el placer de comer
tres veces en lugar de una antes del aperitivo de la comida. Se afanó, pues, y
comenzó a recoger ramas más o menos gruesas de roble y alguna que otra de
castaño.
—¡Extraña cosa, mira que no recordaba yo que hubiera
castaños por esta zona! —pensaba en voz alta para sí y para el resto del
bosque. Desde luego no pensaba detenerse a resolver el misterio, pero desde
luego que sí que pensaba regresar en la debida época para hacer buen acopio de
castañas—. “Un buen saco de castañas, bien vale un par de erizos en la
espalda” —No era una frase muy afortunada, pero le hizo gracia y sonrió—. Además,
a Mieyu le gusta mucho el pastel de castañas con requesón y miel y no le puedo
privar de él —justificó su glotonería.
Cuando la
brazada de leña era demasiado grande como para permitir que su rollizo cuerpo
pudiera articularse bien en las angostas veredas por las cuales se internaba,
determinó que era tiempo de ir a visitar ya a Balidorronco y su carreta y
cargar a ésta. Tan sumamente cargado estaba, que no fue capaz de moverse sin
tropezar y caerse de bruces sobre las ramas que llevaba en los brazos. Pasaron
unos segundos hasta que Ulrico se dio cuenta de lo que le había sucedido y pudo
sacar la cara de entre el amasijo de ramas. Aturdido, pensó que lo más oportuno
sería llevarlo de dos viajes. El recuerdo súbito de la leche agria, le devolvió
el coraje y recogió un haz que ató con tallos de helecho gigante.
Despacio, tanteando el terreno con la puntera de las botas
(los dedos no le llegaban hasta ella, pero eso no le importaba en exceso a él,
arribó junto a Balidorronco quien, impertérrita, levantó apenas los ojos de la
hierba, le miró unos instantes, y estableció, para sí misma, que continuar con
su refección sería más productivo que observar los torpes movimientos de un haz
de ramas sobre dos rollizas piernas vestidas de calzas azulonas.
Cuando Ulrico depositó la fajina de palos en la carreta,
ésta tembló y las ruedas se abrieron tirantes de par en par, como las
contraventanas del Roble por las mañanas; el suelo del ruinoso carretón se
abombó bajo aquel peso y crujió como si uno de los gigantes de las montañas del
norte se hubiera sentado sobre la mesa de la cocina del Roble. Balidorronco ni
se inmutó, tan concentrada estaba dando óptima cuenta de la hierbabuena que
había descubierto un poco a su derecha.
—Ya puedes aguantar, porque aún queda otro tanto de lo
mismo... —reconvino Ulrico a la carreta.
Observó un rato aquel hatillo-de-ramas-sobre-carreta-muy-vieja,
se secó el sudor de la frente y dio media vuelta para ir a recoger el segundo
viaje. Durante el camino creyó oportuno afinar una vieja tonada que hablaba de
leña, de árboles y otras cosas:
Camino y
camino y,
a cada paso que doy,
recojo una rama de pino.
Huraño,
el castaño,
Me mira y me grita:
“¡Oh, qué gran desatino!”
Camino y
camino y,
a cada paso que doy,
recojo una rama de pino.
El topo y
el chopo
me cantan a coro:
“detente, viajero,
y bebe una copa de vino”
Camino y camino y,
a cada paso que doy,
recojo una rama de pino.
Y llego
al hogar
Y el de al lado me dice:
“Dame, que no
tengo leña, vecino”.
Camino y
camino y,
a cada paso que doy,
recojo una rama de pino.
Pero ya no recordaba más, de modo que trató de “afinar”
algo mejor y volvió a empezar. Así hasta tres veces. No es que Ulrico se
cansara mucho de oírse cantar; la verdad es que ni se cansaba de oírse cantar,
ni se cansaba de oírse hablar. Lo cierto es que Ulrico no se cansaba mucho casi
nunca de casi nada, aunque se cansaba un poco a veces por algo... de tener que
recoger las hojas que caían de su Roble... algo que llevaba haciendo más tiempo
del que nadie sobre la faz del reino pudiera recordar... eso siempre que ese
nadie pudiera recordar algo sobre Ulrico, porque Ulrico no era realmente conocido
por casi nadie en casi ningún lugar, o, para mayor precisión, por nadie en
ningún lugar, al menos por aquel entonces. En fin, que le gustaba, y encontraba
un verdadero placer en ello, escuchar su poco melodiosa voz, ya que nadie le
conocía, o nadie que estuviera vivo le conocía como se debe conocer a
alguien... de momento.
Rápido deshizo el camino, y no tan rápido como hubiera
querido, fue capaz de abrazar el montón de leña que, estimó, bastante más
grande que el primero. Sin resuello, por lo que ahorró la parte musical del
trayecto, fue desandando, más bien tropezando, sus pasos para poder, ¡por fin!,
concluir su durísima jornada laboral y poder, cuanto antes, llegar a casa,
calzarse las pantuflas, embutirse en su batín guateado color berenjena y
tomarse un exquisito y caliente té con galletas, mermeladas y mantequilla,
mientras se preparaba su entre-desayuno. Que bien merecido se lo tenía... el
té, el segundo desayuno y el entre-desayuno, por supuesto. Llevaba la cabeza
sobre los hombros, como siempre por otro lado ya que acostumbraba a decirse “Ulrico,
una cabeza en su sitio, son menos quebraderos de la misma por no hallarla donde
debería”, pero concentrada en las mermeladas a utilizar en un té matutino
que, a partir de ese día instituiría como parte fundamental e inaplazable de su
severa dieta de duende de bosque, cuando hete aquí que, llegado que hubo junto
a Balidorronco, Su cabra de bosque
quien torva le miró, y Su carreta
cargada con Su primer montón de
leña, había un elemento junto a Sus
pertenencias... Una luz venida de la más íntima profundidad de su corazón,
iluminó su sonrosado semblante e hizo que sus verdes ojos adquirieran un tono
esmeraldado despidiendo fulgores de gozo y regocijo; si sonrosados eran
usualmente sus mofletes, granas y bermejos devinieron debido al rubor del
contento por ver aquello que sus ojillos veían. La mermelada podría esperar, no
demasiado, ya que frente a frente con Balidorronco, la cual no tenía cara de
muchas amistades, bien es verdad, nunca lo había pensado, Balidorronco no tenía
amistades de su tipo, se hallaba una cabra de bosque de color negro tábano.
Ésta alzó la cabeza y le miró indiferente al tiempo que
profería un sonoro y cantarín balido; no el típico balido, más semejante a un
rebuzno afónico, de Balidorronco (de donde le venía el nombre que, por
misericordia alguien había dulcificado), sino uno agudo, como de corderito,
pero con fuerza y seguridad, no debilitado por los años y achacoso y
quejumbroso; tranquilo, no como uno que parecía desesperado por querer decir
algo que nunca podría decir; prolongado, no entrecortado como los de
Balidorronco. En fin, un balido como debía de ser el balido propio de una cabra
de bosque, no como una oral eyección aérea de troll de monte tras una copiosa
comida de día de fiesta. Todas estas cosas estaba pensando el bueno de Ulrico
cuando, sin saber cómo o de dónde, otro pensamiento se impuso:
—Y, ¿qué voy a hacer yo contigo? De entrada habrá que
ponerte un nombre apropiado... bueno claro —el rostro se le ensombreció
súbitamente—, eso si no tienes dueño ya. —Miró a derecha y a izquierda;
entrecerró los ojos para ver mejor con aquella canícula que se izaba obstinada
desde el suelo—. ¡Hum! Este año no ha nevado ni un poquito —les dijo a las dos
cabras y continuó buscando, sin moverse del sitio y sin girarse en exceso para
no fatigarse, eso sí, al posible dueño de la cabra.
Levantando la cabeza hacia las copas de los árboles, miró
entre las ramas no siendo que su hipotético dueño fuese un hada arbórea;
inclinó ligeramente la cabeza hacia el suelo, pero como los jirones de niebla
no le permitían ver las puntas de sus botas, desistió rápidamente.
—¡Y bien, bruna cabritilla! No hay dueños ni dueñas a la
vista y ha transcurrido el suficiente tiempo como para que, de haberte
tenido que reclamar alguien ya lo hubiera hecho, de modo que, a partir de hoy
vivirás con nosotros tres —le comunicó a su interlocutora—. Jejejeje —rió— no
pienses que no sé de números, en casa nos aguarda el tercero, un gatito muy
bueno, dormilón y comilón que se llama Mieyu. Os llevaréis estupendamente —afirmó
seguro de sí mismo y de la gracia de su chiste.
Entre
tanto, Balidorronco, que había seguido atenta, pero sin dejar de rumiar su
bocadito de exquisita hierbabuena, pensaba en lo poco que aquel gordinflón
duende conocía a su “gatito muy bueno”. Preferiría no tener que balar para no
haber de darle explicaciones de las andanzas nocturnas de la horrible pantera
cuando escapaba por el pliegue trasero del Roble... no tener que balarle de
lo poco que agrada ser despertada por tener cuarenta uñas clavadas en el lomo,
o de lo poco decente y encantador que resulta que el animalito haga sus
cochinadas en las patas o en las pezuñas cuando una está cenando. No, mejor no balarle
nada y dejar vivir ese mundo de ilusión y “gatitos muy buenos” al Señor del
Bosque... ¿Darle un nombre a la advenediza ésta? Bueno, pues llámale Cabra a
secas, que es lo que es, que a buen seguro no es de familia noble y tiene
modales más bien poco corteses y groseros, que cuando llegó a comerle SU
hierbabuena mientras ella comía, ni buenos días se molestó en decir... ni por
supuesto un “que aproveche”. Cabra es un nombre perfecto... o si no, con un
“Tú, nueva”, ya le bastaría para tener que responderles al duende gordo y a
ella, que, por supuesto, no iba a cederle ni uno sólo de los muchos privilegios
adquiridos tras tanto años de servicio para la Casa de los Señores del Bosque.
¡Menuda era ella!, con su pedigrí, del alto linaje de Cabras de Bosqueprofundo...
además la maleducada esa tenía la cola demasiado larga para ser elegante.
—¡Bruna!
—chilló juguetón Ulrico reventando de placer por su ocurrencia—. Así has de
llamarte a partir de hoy.
Balidorronco
le miró a él, miró a la nueva y volvió a mirar al duende. Desde luego no
entendía por qué tenía que venir con ellos al Gran Roble, pero darle otro
nombre que no fuera uno de los que ella había pensado, le parecía casi
ofensivo, aunque viniendo de alguien con tan poca clase como aquel odre de
leche, tampoco le extrañaba excesivamente.
La leña que
había quedado en el suelo mientras Ulrico expresaba su asombro ante la visita,
fue nuevamente por él recogida y dejada como si fuese un atado de plumas en el
carretón. Lo que a continuación pasó fue tan rápido, que a Balidorronco no le
dio tiempo a cantar un “beee”. Ulrico dejó la leña sin cuidado; Las dos ruedas
se abrieron más que las valvas de una ostra perlera, tanto que se acabaron por
romper y separarse del eje; cuando la carreta cayó al suelo, la cuerda que unía
a Balidorronco con el transporte, se tensó de modo tal, que del tirón la noble
cabra casi fue capaz de verse la cola desde por encima del lomo. La leña rodó
dentro del carro y se desmoronó por el impacto, desparramándose. Bruna comenzó
a balar como una loca y a corretear toda alegre en torno al siniestro; Y Ulrico
torció la cabeza para poder verle la cara a Balidorronco. Ésta hacía verdaderos
esfuerzos por respirar, porque la postura no era ni ortodoxa, ni cómoda... ni
respirable, por cierto, y no había manera de girar su cuerpo para poder quedar
de cara al carretón sin partirse en dos el pescuezo.
Cuando, por
fin, se decidió a ayudar a Balidorronco y aflojarle la correa que le atenazaba
el pescuezo manteniéndola en una posición tan poco noble, sucedió lo
inevitable. Ulrico pensó que los ojos tan enormes y con la mirada tan
desquiciada como los que Balidorronco mostraba se debían a lo oprimido de la
sirga en torno al cuello, pero lo que sucedía era que la cabra veía venir a
Bruna, totalmente trastornada y como un huracán, con la cabeza casi a ras de
suelo y enarbolando sus dos mínimos cuernos, directamente hacia el trasero de
Ulrico. Lo cierto es que no es que temiera por el revolcón que le iba a dar
aquella arrimada cabra demente al rechoncho duende, no; temía por su salud, por
no ser liberada a tiempo de la soga que le doblaba el cuello hacia atrás. Bruna
arremetió como un ariete contra los reales del Señor del Bosque, al cual no le
había dado tiempo de desatar ni ayudar a Balidorronco (aristocrática carne
de bichos soy, pensó ella); éste fue levantado con facilidad por los aires
por la chiflada cabra negra de bosque. Cayó con todo su peso sobre los lomos de
la negra locomotora cornuda cuando ésta regresaba como si nada de lo que
sucedía fuera con ella. Su lomo se dobló como rama de sauce bajo las grasas del
duende y, por muy poco, sus cuernos rozaron su cola pasando por encima de la
cabeza de Ulrico. Y Balidorronco asfixiándose. Si se hubiera podido poner de
color morado, se hubiera puesto del morado más oscuro existente.
Bruna se
enderezó como si tal cosa y con la misma calma, le dio un ligero pero firme
empellón con sus ancas a los cuartos traseros de Balidorronco, quien pudo,
gracias al empujón, acomodar su postura y respirar como una posesa con la boca
abierta y media cárdena lengua afuera de la boca. Mientras, la otra, con Ulrico
a horcajadas sobre su espinazo y con las manos fuertemente asidas a los
guerreros cuernos de la cabra, rumiaba unas hojas de alerce que surgían más
bajas de lo normal del tronco del árbol.
El duende
no sabía si reír por lo tonto de la situación, si llorar por el dolor que
empezaba a notar en sus posaderas, si bajarse de la áspera cruz del animal, si
permanecer allí encaramado, si tratar de negociar con aquella loca cabra de bosque
que había intentado enseñarle a volar para que le permitiese descender a cambio
de un plato de gachas de avena, o qué setas hacer. A lo que no estaba dispuesto
es que alguien, y mucho menos una de aquellas insidiosas hadas de los árboles,
le viera de esa guisa, cabalgando sobre un “pobre animalito” y le encantase con
alguno de esos sortilegios burlones que tan moda se habían puesto últimamente
entre ellas... sortilegios burlones y burlonas risitas no disimuladas, claro. Y
hadas, mala suerte tuvo en aquella ocasión, había unas cuantas observando,
divertidas, al Señor del Bosque encaramado sobre los lomos de una cabra
boscosa, algo bastante impropio de todo un Señor, por cierto. Transcurrieron
unos cuantos minutos de silencio y de incertidumbre por parte de Ulrico, a
quien empezaba a dolerle la espalda por lo incómodo de la postura. Balidorronco
contemplaba la escena con una mirada burlona y despechada y deseaba, con todo
su corazón, tanto que la Nueva le diera un buen golpe de escarmiento al duende
por haber sido tan poco delicado con ella, cabra entre las mejores cabras de
bosque, como que el Señor del Bosque le diera su merecido a la arrimada.
Finalmente
fueron las siete hadas más jóvenes que se hallaban presentes las que tuvieron
que intervenir para sacar de aquel brete al duende, no sin antes haberse
presentado ante él, de frente, para mostrarle lo muy divertidas que estaban por
lo cómico de la situación. Ulrico no pudo evitar sentirse abochornado y
enrojeció hasta la punta de las uñas de los pies hasta el punto de llegar a
enfadarse consigo mismo por haber sido tan imprudente, indeciso y
desafortunado, con Balidorronco por no saber controlar su cuello que más le
había parecido una tira de cuero flexible, y con Bruna por ruda y cateta. Pero
ya no podía hacer nada, de modo que se dirigió cortésmente a las burlonas y
malintencionadas hadas.
—¡Vaya! Y
¿qué es lo que hacen por estos lugares tan apartados de los robledales nuestras
queridas amigas y vecinas, las hadas? He de suponer que ninguna de vosotras se habrá
perdido, ¿no es cierto? —preguntó mientras le quitaba con aire distraído un par
de líquenes secos al tronco del árbol enfrente al cual se hallaba, como si su
situación fuese de lo más normal y natural—. No obstante, siempre me es muy
grata, ya lo sabéis, la compañía de las hadas. —mintió.
Ulrico no
sabía mentir; Ulrico no mentía nunca porque casi nunca tenía oportunidad de
hablar con nadie que le pudiese responder, por lo que sus interlocutores solían
ser árboles y animales; Ulrico no mentía porque sabía que era esa una costumbre
muy fea y como él siempre decía “la mentira lleva botas de legua y media,
corre rápido, pero las botas se desgarran y enseguida se para y la alcanzan”.
Por todo eso, las hadas no pudieron ser engañadas. Además, es muy difícil,
¡dificilísimo!, engañar a un hada y si de lo que se trata es de un grupo de
hadas, aunque sea reducido, muchísimo menos. Las siete se miraron sonriendo
mientras se tapaban la boca para que no las viera reírse, pero eso no conseguía
más que encrespar los nervios del duende, quien bufó.
—Amigo,
Señor del Bosque, Señor del Gran Roble, noble Ulrico... — el hada emitió un
sonido como de risita ahogada a duras penas en tanto el resto de ellas, miraba
hacia otro lugar para que el duende no pudiera verles el luminoso rostro —
hemos podido apreciar que no os encontráis, precisamente, en vuestro mejor
momento por el pequeño percance que acabáis de padecer y, por ello, no es
preciso ni, por supuesto, necesario que nos deis explicaciones de ningún tipo.
Lo único que tenéis que hacer es pedirnos ayuda... de sobra sabéis que un hada
no hace nada a favor de otro si no se le ruega aunque, en vuestro caso y por
ser vos quien sois, nos basta con que nos lo pidáis, a una o a todas. —Nuevamente
el hada emitió el sonido de risa estrangulada, pero esta vez, al taparse la
boca con la mano, el aire hizo presión y sonó un ruido un tanto desagradable
que hizo enrojecer al hada.
Pero aquel
discurso era demasiado para el pobre Ulrico. Ya normalmente no soportaba mucho
a las hadas, con sus maneras tan empalagosas y azucaradas, pero sabía que en
aquel momento, detrás de aquellas maneras, se ocultaba la burla y la sorna. Aún
así quiso mantener la dignidad y la paz. “La violencia corta el apetito”,
decía él siempre.
Balidorronco,
cosa extraña en ella, se había tumbado para poder disfrutar de lo que se
avecinaba y aunque de vez en cuando debía resoplar para alejar de sí los
jirones de bruma, su posición le permitía seguir los acontecimientos desde un
puesto privilegiado.
—Estimada
vecina —comenzó, y trataba de imitar sus modos, modales y entonaciones—, os
estoy, y mucho, agradecidísimo por vuestra oferta, pero esto que vos veis aquí,
no es tal desaguisado, como a simple vista, pudiera parecer, y comprendo que os
lo parezca, aunque desearía que no os pareciera lo que, de hecho, os parece,
porque parece que siempre parece lo que no debe parecer, y aunque parezca una
cosa, otra cosa es. —Ulrico se comenzaba a poner nervioso; primero por lo
incómodo de la situación, segundo porque no sabía a donde le llegarían los
pareceres con los cuales tanto se estaba liando y, tercero, porque las hadas se
habían cruzado de brazos con una media sonrisa dibujada en la cara, y eso le
ponía aún más nervioso—. De modo que, aunque os parezca, con un parecer muy
legítimo según mi parecer, un problema, no lo es tal, que simplemente estoy
empezando a conocer a esta hermosa cabra boscosa que acabo de conocer, y
conozco ya mucho de ella. —Se daba cuenta de que de los pareceres estaba
pasando peligrosamente a los conocimientos, de modo que trató de abreviar como
mejor pudo— Y, además, yo no os he pedido ayuda. Y me gusta la corteza de árbol
frente a la cual me hallo. Y ya está, que no tengo por qué daros explicación
alguna. E idos ya, que no me permitís admirar esta belleza de tronco con sus
líquenes tan.... liquenosos.
Se había
puesto francamente nervioso y sabía que lo que acababa de hacer era una
soberana tontería, aparte de haber dicho una gran sandez y de haber ofendido,
con toda la probabilidad del bosque a las hadas, lo cual podría ser fuente de
futuros y mayores quebraderos de cabeza.
Pero las
hadas no se lo tomaron a mal, cosa bien extraña por otro lado, porque su
carácter era bastante difícil, y más para el pobre duende. Simplemente
desaparecieron... al menos de su vista porque lo que quedaba de día pensaban
invertirlo en observar al curioso duende... Señor del Bosque, por cierto.
Balidorronco
se quedó pasmada; desde luego no se esperaba este peculiar primer desenlace. Lo
que sí se imaginaba es que, tras todos los sustos de esa mañana, se le abriera
el apetito que había perdido después de haberse visto la cola por sobre su
lomo, de modo que, plácidamente, aunque un tanto decepcionada, pastó, echando,
eso sí, una ojeada de cuando en cuando al duende, jinete de cabras, porque no
quería perderse el descenso. ¡Ay si su madre izara la cabeza y la viera a ella
en estas situaciones!
Ulrico se
acabó por cansar de las alturas y decidió apearse, con cuidado de encima de
aquella alocada y rara cabra de bosque. Respiró profundamente, fijó su vista en
un punto determinado de la corteza del árbol, respiró nuevamente y, dándose
impulso con las manos sobre el lomo del animal, ensayó un salto lateral para
hacerlo todo lo más rápido posible. Pero Bruna resultó ser, además de una cabra
loca, una cabra bromista y juguetona, lo que disgustaba aún más a Balidorronco,
porque, con un movimiento rapidísimo, logró ponerse bajo el cuerpo de Ulrico
cuando éste separaba sus piernas para que la caída fuese menos dolorosa, de
modo que volvió a quedar encaramado sobre la cruz de la jaranera cabritilla.
Si las
cabras de bosque hubiesen podido reír, eso es lo que Balidorronco hubiese
hecho. Reír como una posesa, reír como reían las cabras vulgares, dejarse
llevar por un desenfreno hilarante impropio de ella... pero las cabras de bosque no ríen. Desde
luego no se desternillaría por lo que la vulgar advenediza acababa de hacer,
sino por continuar viendo a su Señor en trance del que parecía no poder salir
sin dificultad.
Ulrico se
quedó de una pieza mirándole la cornamenta a Bruna, con cara de mentecato y sin
saber qué hacer. Sin verlas ni oírlas, sabía que las hadas del bosque estaban
allí, descoyuntándose las mandíbulas y agarrándose los vientrecillos mientras
se mofaban de su mala fortuna. Y era cierto, éstas rodaban por los aires como
lo hubiera hecho un niño de hombre por los suelos mientras se reían del Señor
del bosque. Aquello prometía. Pero, de pronto, todo pareció cambiar y Bruna,
sin previo aviso, arqueó de manera insólita su lomo con un movimiento brusco y
falto de gracia (según el parecer de Balidorronco) y el pobre duende, salió
disparado hacia las ramas medias del árbol bajo el cual se hallaban. Esta vez
no le esperaba la cabra para recogerlo y esta vez tampoco Ulrico tenía la
postura adecuada para caer de pie sin hacerse daño y poder también mantener su
dignidad, ¡que no era gato, diantre!. Por lo que esta vez, el duende dio con
sus huesos en el suelo. Y allí fue donde se mantuvo un tiempo tumbado, boca
arriba, mirando la copa del árbol y el cerrado cielo que se podía percibir a
través de las ramas.
—Casi será
mejor que me acerque a ver si este pobre se mueve o ha dejado de moverse. Sería
toda una calamidad —dijo Balidorronco—. No es malo, un poco testarudo y muy
independiente... sí, eso es, independiente es la palabra adecuada; pero malo,
malo... lo que se dice malo, no es. Espero que no haya pasado de un susto.
Le echó una
torva mirada a Bruna, que no dejaba de ser la culpable de los males que ese día les habían pasado.
—Si pudiera
te cornearía hasta expulsarte del bosque... pero no tengo cuernos, de modo que
no te cornearé... pero si pudiera, te expulsaba del bosque. —avisó Balidorronco
a su congénere.
Ésta ni se
inmutó, es más, se giró de modo tal que le puso los reales ante la cara de la
muy noble Balidorronco... ignorando el feo gesto de la Nueva, se acercó
despacio a Ulrico y lo miró despacio para ver si daba señales de vida. Los ojos
estaban cerrados, pero su pecho se levantaba y bajaba despacio y rítmicamente.
—¡Hay que
ver! ¡Qué barriga tiene este duende! Y no pierde el tiempo, no... aprovecha
cualquier oportunidad para dormir, para que luego digan que los duendes no son
perezosos —se decía ella.
Arrimó su
distinguido morro a la cara de Ulrico y le empujó ligera y suavemente. Si
estaba dormido, ya se encargaría ella de despertarlo, y si no estaba dormido,
pero estaba... bueno, que fuera lo que tenía que ser.
Ulrico,
al contacto con el caliente hocico de Balidorronco, se estremeció y entreabrió
los ojos. Era cierto que se había dormido. Gruñó un
poco más de lo debido y dio tres vueltas, justamente tres, entre las... entre
la niebla... no estaba en la cama de su Roble, no... desde luego que no. ¡Qué
ridículo debía de parecer! Balidorronco, lo miraba condescendiente, pero
contenta. Si al duende le pasaba algo, no sabía si sería capaz de buscarse la
vida para hallar un lugar caliente y seco para pasar la noche, y ella no estaba
muy de acuerdo en la posibilidad de tener que dormir al raso, tal y como hacían
las vulgares cabras boscosas. Por cierto, ¿dónde se había metido aquella
advenediza?
Pero cuando el duende comenzaba a incorporar levemente su
cabezota para mirar a su alrededor, las deslenguadas hadas hicieron su siempre
fabulosa aparición en medio de un sonoro toque de trompetas de plata y brillantes
destellos venidos de ninguna parte que quedaron en suspenso entre la neblina.
Ulrico se tapó los ojos como aquel que no desea ver algo, desesperado. Las
hadas se aproximaron solemnemente a él, despacio y tratando mínimamente de
reprimir sus carcajadas, cosa que, ciertamente, no conseguían en absoluto.
Cuando lo tuvieron rodeado y, sintiéndose así el duende, éste abrió sus ojos y
esperó a que la Reina (una nueva Reina, recién elegida y que se hacía llamar
con el curioso y no menos ridículo nombre de Lirimar Thaena) le dirigiese la
palabra pues, no obstante él no dejaba de ser el Señor del Bosque, por mucha
majestad que tuviera y que fuera ella.
Así las cosas, soltó un leve bufido y se las quedó mirando
con un mohín de pocas amistades. Lo cierto es que mientras las miraba, no hacía
más que pensar en su despensa.
—Mi Señor,
—comenzó el hada de gesto más adusto, si ese calificativo le cabe a un hada—.
Nuestra Maravillosa Señora Reina quisiera haceros un presente maravilloso
debido al comienzo de su maravilloso reinado, pues es maravillosa tradición,
bien lo sabréis, entre las maravillosas hadas, que cuando una nueva y
maravillosa reina comienza su maravilloso reinado, haga maravillosos presentes
a los algo menos maravillosos habitantes de sus maravillosos dominios.
Ulrico,
que no sabía si había entendido bien, lo más probable es que no, se quedó
maravillosamente pasmado mirando al hada en tanto las demás comenzaban a
rodearlo sin que él se apercibiese de los lentos y sutiles movimientos
feéricos.
—Así,
pues, la maravillosa orden de Nuestra Maravillosa Señora Reina, es que vuestro
maravilloso presente sea que recibáis su maravillosa ayuda en un momento tan
poco maravilloso para vos.
El duende comenzaba a abrir la boca para replicar ante las
palabras del hada, pues no estaba dispuesto a desaprovechar un regalo de hada,
que bien sabía él era potestad suya solicitar lo que quisiera, cuando todas las
hadas iniciaron una grácil danza a su alrededor levantando y bajando los suaves
brazos; cuando los izaban por encima de sus cabezas, decían al unísono una
palabra cuyo significado se le escapaba al duende, pero cuyo sonido lo
adormecía (aunque eso no era nada, pero nada extraño que le sucediese), y
cuando los bajaban le soplaban con sus frescos alientos con olor a menta y
limón (algo que, por descontado, le produjo un apetito voraz). Repitieron esa
danza tres veces y cada vez más lentamente. Súbitamente, después de haber
quedado cegado por una luz blanca, que se le antojó muy hermosa para su cuarto
de baño, pero algo más suave, abierto que hubo los ojos, ya se encontraba de
pie nuevamente y con aquella fastidiosa horda de hadas burlonas, pues no
encontraba otra palabra para referirse a ellas, frente a él.
Se puso muy serio. Las hadas también. Se alisó las calzas,
se calzó el sombrero y miró en torno a sí buscando a Balidorronco y a Bruna. La
primera estaba recostada sobre las frescas matas de hierbabuena que antes le
habían servido de alimento observando el “maravilloso” transcurrir de los
acontecimientos; la segunda... la segunda estaba loca, de eso no le cabía
ninguna duda a Ulrico. La segunda estaba patas arriba, tirada sobre su lomo
intentando mordisquear una mata de pelo más largo que le sobresalía entre las
patas delanteras. Loca...
—Señor del
Maravilloso Bosque —dijo el hada que se había dirigido a él momentos antes—, ahora
se supone que debierais darle unas maravillosas gracias a Nuestra Maravillosa
Señora Reina por su maravilloso regalo, pues, por su maravillosa generosidad,
os hemos librado de tan poco maravillosa situación.
El resto de las hadas, y ella con ellas, no pudiendo
soportarlo por más tiempo, reventaron a reír mientras comenzaban a elevarse y
desaparecer y sus risas y carcajadas a desvanecerse en un eco que a Ulrico casi
logra enfurecer. Eso era insoportable. No tenía carreta, no tenía leña, era
objeto de risas de las hadas y, por si fuera poco, estaba extremadamente
hambriento. Por lo menos tenía una cabra boscosa nueva consigo. Loca. Pero
menos era nada.
Dignamente, tomó la decisión de abandonar la leña e ir a
buscarla más cerca de casa.
—A por esta leña ya vendré cuando disponga de más tiempo, que
el Señor del Maravilloso Bosque tiene que atender asuntos de gran
importancia —gritó al viento para que las hadas lo escucharan. Para que
ellas lo escucharan y para creérselo él también, es cierto—. Ya cogeré frente
al Gran Roble en cuanto llegue la que necesite, que lo que sobran allí son
ramas quebradas...
De modo que el duende se acercó a Balidorronco que ya se
había vuelto a poner a comer para recuperarse del atracón de risa que había
soportado, y le dijo que se levantara. Se aproximó a Bruna que continuaba
mordisqueando algo de su pecho y se dirigió a ella.
—Esto...
Bruna, bonitica, esto... verás... ¡hum! Hemos de irnos... eeeeeh... ¿serías tan
amable de seguirnos a casa? Bueno, eso si no tienes inconveniente y crees que
puedes dejar esa actividad tan... tan... entretenida en la que te hallas
inmersa, claro. Por favor.
‘Por favor’ lo dijo redondeando los labios, reduciendo su
boca a apenas un agujerito y con una vocecilla más propia de duendecillo que de
duende. El problema era que Bruna, aparte de estar como una cabra (loca), de
ser también una cabra, era que estaba sorda como una tapia.
Le miró porque le vio acercarse a
ella. Miró a la estirada de su vieja congénere, y se levantó.
—Bueno,
por lo menos, ahora se ha vuelto obediente. ¡Ay! ¡Este hambre me está matando
de hambre!—exclamó y se rió de su propio juego de palabras.
—Balidorronco,
salada, indícale el camino a tu nueva amiguita.
—¡Claro! ¿Algo más? —pensó Balidorronco— ¿Y no
querrá, acaso, el Señor del Bosque, que la lleve a costillas también? ¡No vaya
a ser que Doña Arrimada se nos fatigue! Lo que una tiene que hacer para ganarse
su jornal...
Y se pusieron en marcha. Tanto
apremiaba a Ulrico el hambre, que ni cuenta se dio de que Balidorronco
literalmente galopaba tras él y tras Bruna en un hercúleo esfuerzo por darles
alcance. La lengua fuera, los ojos desorbitados, las patas destartaladas cada
una mirando hacia uno de los distintos puntos cardinales con cada nuevo paso
que daba. Bruna, por el contrario, iba tan ricamente admirando los nuevos
paisajes que se presentaban ante ella. El duende sólo oía los tremendos rugidos
de su famélico estómago pidiendo algo de comer.
Por fin divisaron la casa. Los descomunales bramidos del
estómago de Ulrico, se iban intensificando mientras la boca se le hacía río
pensando en la comida. Entró en casa después de haber dado un leve bote para no
pisar a Mieyu que salía a recibirle (y a pedirle algo de comida también).
Balidorronco se desplomó abriendo las cuatro patas frente a la puerta, Mieyu
pasó pisando sobre ella y aprovechando el cómodo felpudo que se le tendía para
afilarse someramente las uñas y Bruna se entretenía en dar saltitos ora con las
dos patas derechas, ora con las dos izquierdas. Loca. Cuando Mieyu acabó de
aguzarse las uñas, se allegó hasta ella y se postró a observarla.
Ulrico, tan nervioso, excitado, hambriento, famélico y
deseoso de comida estaba, que no era capaz de acertar con aquello que tan
profundamente quería comer, de modo que se preparó tres huevos de oca
escalfados, tortas de pan blanco con manteca y miel, té, zumo de arándanos y
mora, fruta fresca y frutos secos, y galletas de harina de avena y trigo con
acerolas. Pondría a hervir, mientras, más agua para el té que se tomaría
después con unas pastas de cerveza.
Cuando los tazones, los vasos, los platos y las bandejas
estuvieron vacías y su estómago medianamente saciado, el problema inmediato que
se le planteó a Ulrico y que le llegó como un pisotón en un pie helado en pleno
invierno, era dónde albergar a la cabra Bruna.
—¡Bueno!
Este un problema muuuy serio... y todos los problemas muuuy serios deben ser
resueltos ante un buen tazón de té con miel y unas deliciosas pastas de algo
para acompañar.
La
tetera sobre la cocina comenzó a silbar furiosa, demandando un poco de
atención... atención que el duende estaba muy dispuesto a prestarle, por
supuesto. Se preparó, pues, un té negro bien cargadito en una taza alta y salió
al umbral del Roble.
Aspirando
el amargo aroma del té, contempló, dichoso, el claro que anunciaba la entrada a
su hogar. Recordó viejos (viejísimos, en realidad) tiempos, de cuando no era
más que un niño, y todo lo que allí había aprendido bajo la tutela de Albión el
Mago. Y, recordando, recordando, fue repasando lo que llevaba pasado en el día
y en todo lo que aún le quedaba por hacer. Tenía, primeramente, que resolver el
asunto “albergue–de–Bruna”, acercarse al río a por juncos para la
entrada, lo cual le llevaría un buen rato, internarse en lo profundo del bosque
para recoger unas setas muy aromáticas para hacer tortas, limpiar el claro de
delante del roble de maleza y “hierbas tontas”, como él las llamaba, limpiar
las lindes del bosque en la parte de la desembocadura del afluente pequeño que
estaban sembradas de hojas de chopo, las cuales le vendrían requetebién... en
fin, mil cosas que tendría que ir haciendo entre comida y comida, porque, sino,
no tendría fuerzas suficientes para llevarlas todas a cabo.
Fue
transcurriendo el día y, a la caída de la tarde, ya casi sin luz, cuando
llegaba a casa cargado con una piedra enorme de color rojo intenso que le
serviría para subirse al altillo del armario y como adorno precioso, no pensaba
en más que darse una cena de rey, sentarse en su sillón de orejas frente a la
chimenea y fumarse una pipa mientras tomaba un té con leche y galletas, fruta y
un licor de hierbas y leía el Libro de Registros del Bosque. Había decidido que
Bruna dormiría en el baño del Roble, aunque no estaba plenamente seguro de que
ésa fuera una “idea calzada con buenas botas”, porque no pensara la loca
cabra dedicar la noche a comerse sus jabones o a patear los tarros con las
sales perfumadas o los bálsamos... pero no se le ocurría otra cosa.
Saludó
a la cabeza de dragón que hacía las veces de aldaba de la puerta, pronunció la
palabra mágica que hacía que se abriera la puerta (eso lo hacía para evitar
tener que llevar llave) y, entrando en su adorado y acogedor Roble, se quedó
literalmente helado. Hacía más frío dentro del Roble que fuera del Roble. Era
imposible...
—¡La
leña! —exclamó mirando con los ojos como platos hacia la chimenea— ¡me he
olvidado de coger la leña! Todo el día de acá para allá y se me ha olvidado la
leña, y ahora, ¿con qué caliento yo la cena? ¿Cómo vamos a calentarnos esta
noche los cuatro?
A
Ulrico aquello le parecía peor que un desastre. Y de hecho era peor que un
desastre. Peor que cuando el río se desbordó como una manada de caballos
salvajes y amenazó con llevarse su Roble, con él dentro y todo. Peor que cuando
un incendio consumió su campo sembrado de cereal. Peor que cuando los
nibelungos de las raíces de las montañas socavaron el suelo del Roble y le
dejaron las despensas limpias como una bota nueva. Bueno, peor que eso no era,
pero casi. ¡Qué hambre había pasado esa mañana!
Salió,
nuevamente, para ver si en el claro había alguna rama gruesa, o delgada, o
mínima, con la cual poder encender un leve fueguecito y lograr así cocinar algo
para no acostarse con el estómago vacío (cosa que, desde luego, no tenía
intención de que sucediera), pero justo cuando abría la puerta del roble,
recordó que esa misma tarde había limpiado todo el claro. Decidió, pues, que
todos dormirían juntitos en el salón para darse calor. La cena la tendría que
resolver a partir de zumos y algún sólido... pero todo frío... ¡qué catástrofe!
Así,
pues, asomó por cuarta vez la naricilla al exterior para pedirles a las cabras
que entraran en el Roble. La primera que acudió a la llamada fue Bruna, que
llegó trotando alegremente con un manojo de hierba entre los dientes. Se detuvo
frente a él y emitió un suave balido muy bonito. Tan bonito que a Ulrico le
recordó una canción que cantaba de pequeño. Luego llegó renqueando
Balidorronco.
—¡Agujetas!
Tengo agujetas por culpa de esa loca forastera —pensaba mientras hacía
verdaderos esfuerzos por poner una pata delante de otra— ¡Era justo lo que me
faltaba por vivir en este Bosque! Si mi pobre madre viviera sería capaz de
torcerme el hocico y retirarme el balido para siempre... —el disgusto que tenía
Balidorronco sólo era comparable al incómodo dolor que sentía en todo el
cuerpo.
—Venga
perezosa, —le recriminó con una media sonrisa Ulrico a Balidorronco— que
siempre estás pensando en dormir y comer y ahora ha llegado el momento de dormir,
ya comerás mañana...
—¡Ah,
no! ¡Eso sí que no! —se dijo la cabra abriendo sus ojos de un modo inusual lo
que hizo pensar a Ulrico que estaba ya demasiado vieja.
—Pobre
Balidorronco... —dijo— no ves bien, ¿verdad? Claro, son ya muchos años y estás
cascadilla... no te preocupes, vieja amiga, a ver si la Dama del lago puede hacer algo por ti y tu
vista. Mañana nos acercaremos a saludarla y le preguntaré. Pierde cuidado.
Si
Ulrico no se hubiese girado dándoles la espalda para entrar en el Roble a las
cabras tras haber dicho esas palabras, habría visto cómo la pobre Balidorronco
ponía los ojos en blanco y se desmoronaba con todo su peso (que para toda la
hierba que se metía entre lomo y panza al cabo del día no era excesivo) medio
desmayada. Balidorronco era un poco teatrera y le gustaba mucho dramatizar.
—¡Venga,
muchachas, adentro a cerrar los ojitos y a la camita! Bueno, vosotras al
suelito, mejor dicho, que no me gustaría mañana por la mañana oler a cabra...
con todos mis respetos.
Lo
que a continuación sucedió fue la cumbre de un día desastroso para Ulrico.
Bruna entró como un huracán arrasando con el pobre duende; Mieyu, que se
encontraba en su camino, bufó, erizó el pelo de su lomo, maulló como nunca lo
había hecho, se puso de puntillas sobre sus uñas y, tratando de esquivar a la
locomotora cornuda que implacable se cernía sobre él, saltó hacia delante
cayendo, desafortunadamente, sobre la cabeza de Ulrico donde hincó sus uñas
para no caerse. El duende perdió el equilibrio y se desplomó sobre Balidorronco,
que llegaba tambaleándose detrás, apisonándole cabeza y pescuezo contra la
alfombra. Bruna se empotró contra el armario cuyas puertas, con el impacto, se
abrieron de par en par y de donde cayeron sábanas, colchas, mantas y dos
pantalones sobre la cabra.
—Esta
afrenta no la olvidaré jamás, —pensaba Balidorronco mientras hacía denodados
esfuerzos por deshacerse de la mole que le aplastaba contra el suelo en un
tinglado de brazos, patas y piernas— ¡¡Jamás!!
Por
si no hubiera sido poco, con el movimiento del duende y la cabra, Mieyu se
desencaramó de la azotea del duende y decidió que el mejor sitio para ponerse a
afilar sus uñas esa noche tras aquel susto, iba a ser el lomo de Balidorronco.
De modo que se lanzó grácilmente en esa dirección y, primero las de la
izquierda y después las de la derecha, afiló sus uñas con ganas. Balidorronco
perdió las pocas fuerzas que le quedaban y cejó en su empeño de incorporarse
hasta que el Señor del Bosque tuviese a bien levantar sus reales de encima de
su cabeza y ese gato infernal concluyera esa parte tan desagradable de su aseo
diario... o que concluyera por sacarle la piel a tiras, porque ya no sabía qué
era lo que más le dolía: si las agujetas, las cuales le parecían ahora una
bendición de las hadas, el trastazo que se había dado antes contra el suelo por
exagerada, el orgullo herido por saberse debajo de las enormes nalgas de
aquella ruina de duende o que el endiablado gato le incrustara sus uñas
repetidamente sobre el espinazo. El caso es que no quedaba zona de su cuerpo
sin que no sintiese algún tipo de dolor.
Por
fin Ulrico se levantó apoyándose en el pescuezo de Balidorronco un tanto
desorientado. Se dirigió hacia Bruna para rescatarla de debajo de la ropa caída
y se la encontró dormida como un lirón.
—Bien,
que se quede ahí, que valen más unas botas que hacen daño en el armario, que en
el pie. —se dijo mientras recogía todo y lo guardaba. Luego llamó a Mieyu.
—Gato
travieso, —le recriminó moviendo el dedo pero sonriendo— eso no se hace, me has
dado un susto de muerte. Mieyu le miró con cara de no haber roto nada jamás y
maulló dulcemente. Ulrico lo cogió en brazos y le acarició bajo la barba y tras
las orejas en tanto él empezaba a ronronear de contento.
Como Balidorronco había optado por no menearse ni un ápice
no fuera a suceder algún siniestro más antes de retirarse al reino de los
genios del sueño, y tenía los ojos cerrados, Ulrico se agachó hacia su cara y
le medio–gritó en las orejas:
—¡¡¡¡Balidorronco!!!! Estás arrugando de
mala manera la alfombra, ¿quieres levantarte, perezosa?
Si Balidorronco hubiese podido arquear las cejas que no
tenía en un gesto de desesperación, lo hubiera hecho; si Balidorronco hubiera
tenido las fuerzas suficientes para levantarse y cornear con los cuernos que no
tenía a esa montaña-de-comida sostenida-por-par-de-piernas, lo hubiese hecho;
si Balidorronco hubiese podido gritar con la voz que no tenía cuatro verdades a
ese duende carente de toda delicadeza, tacto, gentileza y glamour, lo hubiera
hecho. Pero Balidorronco no poseía cejas, no poseía fuerzas y no poseía voz, de
modo que, abriendo levemente los fatigados ojos y pensando nada más que en
dormir y que se pasara esa pesadilla de día, se levantó jadeante y se quedó
mirando con cara de pánfila a Ulrico, quien sonrió de oreja a oreja,
satisfecho.
—Bien,
a pesar de todo, yo sigo siendo el amo de este roble... En fin, Bruna duerme y
nosotros tres deberemos hacer lo mismo, que cuando se usan demasiado unas botas
hay que dejarlas descansar, al menos, tanto tiempo como uso han llevado, para
que no se desgasten en exceso, de modo que a la cama todos.
Mieyu saltó de entre los brazos de Ulrico a la cama,
Balidorronco simplemente se dejó caer en el mismo sitio en el que estaba en pie
y el duende se vistió su camisola de noche, se puso su gorro de dormir y se
calzó los patucos de lana color añil que él mismo también se había tejido hacía
mucho tiempo (de hecho había sido lo primero que había conseguido tejer).
Ya entre las cálidas (aunque, todo hay que decirlo, algo
húmedas) sábanas de franela color crema, bajo las dos mantas de lana gruesa, el
edredón de plumas de ganso y oca y la colcha, Ulrico se acordó de las mil cosas
que había dejado de hacer ese día debido a todo lo que había sucedido. Poco a
poco se le fueron cerrando los ojos de cansancio y Mieyu se fue haciendo un
hueco cada vez más a tener en cuenta en su regazo, pero bajo las mantas.
Cuando debían haber pasado dos o tres horas en las que
todos en el Roble dormían a pierna suelta (más bien a pierna encogida debido al
frío), un ruido atronador comenzó a hacerse sentir dentro del hogar. Era como
si un ejército de enanos de las montañas hiciera resonar sus cuernos de guerra;
cada vez más cerca; cada vez más intensamente. Ulrico, que tenía toda la ropa
de cama a la altura de los ojos para que la nariz no se le enfriase y agarrase
un constipado que le pudiera mantener sin apetito toda una semana (cosa bien
extraña, por otro lado), no sabía qué hacer: si levantarse y averiguar el
origen de tan devastador rugido, o si permanecer entre las cálidas sábanas y
ver qué sucedía. Pasaron tres horas de vigilia y cuando ya estaba a punto de
gruñir como el último ogro que quedaba en el Bosque, percibió que entre rugido
y rugido se percibía un debilísimo silbido como de serpiente. Inmediatamente se
dio cuenta de que tal bramido no era otra cosa sino los ronquidos de Bruna.
Aquello era increíble. Se incorporó ligeramente, encendió la pequeña bujía que
había encima de la mesilla de noche, junto al vasito de agua, y miró al lugar
de donde procedían los ronquidos y allí vio a la cabra boscosa despatarrada
roncando como una horda de ogros. Levantó las cejas y refunfuñó algo
ininteligible. Luego dirigió su mirada a Balidorronco y la vio con los ojos
abierto como sartenes, con la mirada perdida en el vacío, como de loca, y las
dos patas delanteras tratando de taparse las orejas.
Optó por levantarse, muy a su pesar y, según hubo puesto el
primer pie (el izquierdo, porque los duendes siempre se levantan con ese pie)
cubierto con el patuco, notó lo frío que estaba el ambiente en el Roble. Medio
tiritando, fue a la alacena y de uno de los cajones extrajo dos objetos. Luego
se dirigió a la cocina y cogió la jarra de aceite. Se acercó a Bruna y bajo los
pantalones caídos del armario que le servían (esa noche, desde luego) como
almohada, colocó el primero de los objetos. Una llave de plata. Pronunció un
encantamiento sobre la llave y fue hacia Balidorronco. El segundo de los
objetos era algodón. Desgarró dos pedazos, los empapó en aceite y se los
embutió por las orejas a Balidorronco. Repitió la operación consigo mismo,
aunque con pedacitos más pequeños. No existían sonidos ya para ellos. Ya podían
venir todos los ejércitos de enanos de las montañas, todas las hordas de ogros
de los bosques, todos los genios, todas las hadas cantoras, las sirenas, todos
los que quisieran venir, que esa noche, al menos Balidorronco y él y por
supuesto Mieyu, no oirían absolutamente nada de nada. Como si se hundía el
Bosque. Bueno, eso esperaba que no sucediera. Así las cosas, todos pudieron seguir
durmiendo plácidamente esa noche.
Esa mañana no era, por supuesto, una mañana como otra
cualquiera. El bueno de Ulrico NO se despertó antes que el mismo sol; NO gruñó
un poco más de lo debido, sino que gruñó muchísimo más de lo permitido; NO dio
tres vueltas, sino seis; NO se quedó medio dormido, sino profundamente dormido.
Cuando el sol ya estaba bien alto, se despertó horrorizado, con sacos bajo los
ojos y en lugar de salir de la cama de un brinco, como siempre, se dejó caer
como un saco de patatas. Ni que decir tiene que Ulrico ese día no podría decir
que estaba despierto...
Miró el lugar que debía ocupar Bruna y vio que estaba
vacío. Miró hacia Balidorronco y la vio totalmente dormida. Se arrastró como
pudo y se lavó sin ganas. Ni el agua congeladísima de la jofaina le desperezó.
Mieyu ya estaba brincando por la casa. De Bruna no había ni rastro. No le
importaba en exceso, pero le picaba algo la curiosidad. ¡¡El desayuno!! No
podría calentarse ni agua ni leche porque no tenía con qué encender un buen
fuego. La verdad era que no tenía con qué encender ni un fuego mediano; ni
chiquitito siquiera. Se malvistió y salió a recoger algunos troncos. Cuando
salió, vio a bruna pastando alegremente en el claro sus hortensias azules, unas
de sus flores más preciadas. Se detuvo frente a ella y le dijo:
—Amiguita,
hoy me resarcirás.
Así pues, recogió leña y se preparó un desayuno digno del
Señor del Bosque. Cuando todo estuvo desayunado, recogido y fregado; cuando el
Roble estuvo caldeadito y él más o menos despejado, fue en busca de Bruna.
Balidorronco continuaba durmiendo como oso hibernando, pero sin gruñir. Recogió
su caldero de tablas de pino con doble aro de hierro y protegido con pez
dispuesto a ordeñar a Bruna. Temía que aquella sencillísima operación le llevase
más tiempo del que le tenía que llevar por el difícil carácter de la cabra,
pero no estaba dispuesto a perder. Se acercó y al hacerlo, recordó que el
banquito que usaba para esos menesteres, había quedado dentro del Roble. Cuando
entró, Balidorronco ya se había despertado y salió a desayunar ella. Le siguió
Ulrico con la banqueta.
El duende se puso manos a la obra y Bruna pareció no
inmutarse cuando Ulrico comenzó a ordeñarla. La que realmente sí que se inmutó
fue Balidorronco.
—¡¡Oh,
genios del aire!! Esto es inaudito... la está ordeñando a ella... no, si ya lo
decía mi madre: “hija, en casa vieja todo son goteras, pero cuando una cabra
llega a vieja, ni gotas las ubres gotean”. Ya no aprecia mi presencia este
duende insensible. La está ordeñando delante de mi hocico, como diciéndome que
ya no sirvo ni para dar leche.
En estos pensamientos andaba sumida Balidorronco, que no
permitía que los tales le privaran de su yantar, cuando Ulrico comenzó su
alegre tonada de ordeñe. Comenzó silbando suavemente la melodía y fue
aumentando el volumen. Finalmente se lanzó a cantar.
- Sentado en un banco,
silbando a esa nube,
atento y centrado,
tiro de la ubre.
- La cabra se queja,
cuando le exprimo
la teta.
- Me inclino hacia ella,
y le digo que es bella,
no sea que la vieja
continúe su queja.
- La cabra se queja,
cuando le exprimo
la teta.
Aquí es donde la canción cambiaba de ritmo y se aceleraba.
Ulrico tenía un pequeño problemilla con las canciones (aparte de desafinar
ligeramente... o no ligeramente) y era que cuando cantaba tenía que llevar el
ritmo con las manos, ya fuera tocando el laúd, ya el tamboril ya el aulos. Por
lo que, a medida que aceleraba el ritmo, se aceleraban los movimientos del
duende tirando de las ubres.
- La leche caliente
gotita a gotita,
blanca y perfumada,
buena para la gente.
- La cabra se queja,
cuando le exprimo
la teta.
- La cabra se queja,
cuando le exprimo
la teta.
Y por la emoción del momento tiró con fuerza de las ubres.
Al estar sentado a un costado de la cabra, la coz que ésta dio no le alcanzó
por muy poco, pero ella giró la cabeza hacia donde se encontraba él y le
plantificó un fuerte golpe en toda la cara, haciendo que Ulrico se esparrancara
hacia atrás y volcara el cubo con el precioso líquido tibio.
—
¡Claro! ¡Tenía que pasar! No podíamos comenzar una nueva mañana — se decía
Balidorronco mientras desayunaba— con esta elementa rondando por ahí, sin que
nada malo sucediese. ¡Qué se puede esperar! Si es que no hay más que verla...
desaliñada, con el pelo cardado y sucio... y además... ¡ronca!
Ulrico no supo de dónde procedía el golpe, pero sí que
sabía dónde se había instalado el dolor, desde luego, el día comenzaba
mal...muy, pero que muy mal. Fatal había acabado el anterior y horriblemente
fatal comenzaba el nuevo...
Desistió de volver a intentar ordeñar a Bruna y dejarla por
imposible. Ya se le ocurriría algo. Desistió de reordenar a Bruna, pero no de
ordeñar. Sus ojos se quedaron, levemente entreabiertos, analizando las
posibilidades que le ofrecía Balidorronco...
—
La verdad, con lo estresada que ha estado desde ayer... no sé si no me acabará
dando yogur agrio, en lugar de dulce y deliciosa leche... veamos.
Y se acercó a ella. Efectivamente, Balidorronco no soltó ni
una sola gota de dulce y deliciosa leche, pero no por
estar estresada, sino por estar seria y profundamente indignada con el duende,
con sus desmanes (a ver si se pensaba que ella le iba a tener que dar leche
cuando a él se le antojara, que ya se lo había advertido su madre), con la
extranjera ésa y sus chifladuras. ¡Ea! Que no pensaba dejarse. Cuando Ulrico lo
había intentado por tres veces, ella se puso en movimiento, miró la cara de
bobo que se le había quedado al Señor del Bosque, volvió a mirar al frente,
levantó la cola ante el rostro del duende (cosa que rara vez hacía porque lo
consideraba una ordinariez) y continuó pastando.
Suspirando,
Ulrico creyó que lo más oportuno era retirarse de la escena por miedo a que las
chismosas y fastidiosas hadas volvieran a presentarse; bien es verdad que ellas
no solían acudir por aquellos páramos muy a menudo, pero seguro que tenía mala
suerte y aparecían.
Ulrico
no se equivocaba. Justo cuando entraba en el Roble y cerraba la puerta tras de
sí, percibió un movimiento a su izquierda y creyó que era Mieyu, pero era la
cola de Bruna que se hallaba entre el quicio de la puerta sin goznes y la misma
puerta de entrada. No lo pudo evitar. El portazo pilló la cola de la cabra
quien se puso a balar toda frenética y a dar chillidos más propios de una
ratilla de campo que de una cabra boscosa.
—Desde
luego camarada, las mermaids[1]
no te pedirían que cantaras como solista en toda tu basta existencia —pensaba
Balidorronco en tanto rumiaba un brote algo vahído de hierbabuena y ponía
cierta cara de asco.
Ulrico
abrió la puerta todo lo rápido de que fue capaz y se encontró cara a cara con
la cabalgata de las hadas que, precisamente ese día, no podía ser otro, pasaban
por su claro con un claro propósito.
—Pillarme
a mí en algún momento de apuro, fijo... vamos, ¡fijísimo! —se decía Ulrico.
Mano derecha sobre el pomo de la
puerta. Cara de asombro, ojos abiertos como mares. Bruna corriendo de acá para
allá desquiciada de dolor emitiendo unos balidos más parecidos a los gritos de
las banshees o de un alma en pena, que un sonido animal. Balidorronco acomodada
entre el helechal para asistir a lo que se presentaba como un buen show. Las
trompetas de plata resonaron diáfanas en el Bosque; las hadas se hicieron a los
lados formando un pasillo bien largo por el cual transcurría, elegante y
pacíficamente, un hada sobre un caracol.
—Cuando
el caracol quiera llegar hasta el umbral del Roble, habrá anochecido cinco
veces —pensaba Balidorronco, lo cual le dio un hambre atroz.
Curiosamente, Ulrico estaba pensando lo mismo. Él miraba el
porte del hada, la dignidad con la que cabalgaba sobre el flemático caracol,
pero su mente estaba hurgando en los anaqueles de la despensa.
—Nunca
se me había ocurrido... ¿cuánto será capaz de comer un duende? —pensaba para
sí— pues yo estaría dispuesto a apostar. — Y esto le produjo un sonoro
gorgorito en el estómago.
Finalmente, tras lo que a Balidorronco se le hizo como un
invierno completo, corcel y jinete, se quedaron a siete pasos de gato de
Ulrico. El hada descendió aristocráticamente ayudada por dos hadas más. Mieyu
se sentó sobre sus cuartos e ignorando tan augusta presencia, decidió que lo
mejor en ese momento era acicalarse el pelo del pecho. Bruna, mientras, seguía
trotando por todas partes, balando como un espíritu sin reposo, pero cuidándose
bien de no acercarse a las hadas en ningún momento.
—Señor
del Bosque —dijo el hada echando un vistazo a las carreras de la cabra—. Ulrico
del Bosque, Señor nuestro. Desenvolviendo un rollito
de papel, leyó en alta y clara voz:
“Es nuestra espléndida y maravillosa voluntad la de invitaros
a Vos y a quien deseéis que con Vos acuda, a la fastuosa Ceremonia y
espléndidos festejos de Nuestra Coronación como Magnífica Soberana, Gloriosa
Monarca y Admiradísima Señora, única Reina de todas las Hadas del Bosque.
Ceremonia y Festejos los cuales habrán lugar en el día y hora señalados en la
misiva que a esta verbal embajada acompañan. Plugo a Vos confirméis asistencia.”
El hada enrolló nuevamente el papel mientras otro hada se
aproximaba a ella y le entregaba un tubito de plata. Con gran solemnidad y lo
que Ulrico intuyó como algo semejante a la burla, se aproximó al duende y le
entregó el argentino tubito. Ulrico pestañeó dos veces antes de tomar el canuto
y no se le ocurrió otra cosa que decir que un sonoro “gracias”.
Así como las hadas se habían presentado improvisadamente
ante la puerta de su casa, así desaparecieron, entre una fanfarria de sonoras y
vibrantes trompetas. Ulrico se quedó pasmado mirando hacia ninguna parte.
Cuando parecía que estaba a punto de desaparecer, el
cortejo se detuvo y reencaminó sus pasos nuevamente hacia el duende.
—¡Ay,
no! —murmuró Ulrico— que no vuelvan...¿por qué no llueve cuando se espera que
llueva, me dejan tranquilo y se dan media vuelta a sus palacios? —pensó.
Más
rápido de lo cupo esperarse teniendo en cuenta los corceles sobre los que
montaban, se plantificaron ante él, y la portavoz, le espetó sin miramientos:
—Mi
Señor... convendría que procurase tratar un poco mejor a los animales con los
que la naturaleza nos da compañía. No creo que a ningún habitante del Bosque le
agrade saber que su Señor —esta última palabra sonó a amenaza en su
boca— se dedica a, digamos, “maltratar” a sus moradores.
Ulrico
trató de encontrar una excusa, pero lo único que fue capaz de articular fue una
especie de “brmrbrmmmbrrrbr” ininteligible que causó el pasmo de las hadas y un
posterior incómodo silencio. La hada, levantando las
cejas, hizo un amago de inclinación (medianamente correspondida por Ulrico) sin
apearse del corcel y todo el cortejo reanudó la marcha.
El duende entró en el Roble seguido por Mieyu y se dejó
caer sobre la cama, y el gato sobre su barriga. Le costaba pensar con el
estómago vacío (como a la mayoría de los duendes, por otro lado), de modo que
determinó que debería tomarse una buena taza de un aromático té. Con pastas.
Con galletas. Con mermelada y confituras. Con unos buenos panecillos blancos...
dos o tres, no más. Quizás cuatro. O cinco. Y algo de fruta, que es muy
digestiva. Tal vez quedara mantequilla amarilla... bueno, y si no, blanca
también le serviría. Eso le repondría las fuerzas y le ayudaría a pensar qué
hacer con esa cabra loca. Trastabilló por la cocina reuniendo los alimentos
mientras se calentaba agua en la enorme tetera. ¿Dónde se habían quedado los
apacibles y monótonos días de siempre?
Resolvió, cuando su estómago estuvo medianamente lleno y
sus brazos reconfortados por el té caliente, que dejaría a Bruna donde la había
hallado. No podía quedársela. Eso sí, si se dejaba, la ordeñaría y haría
queso... debía aprovechar, que Balidorronco se secaba como la fuente del claro
en verano.
Así las cosas, se enfundó en su súper bufanda, se
encasquetó guantes y gorro...
—Mejor
me pongo un gorro de lana y encima el otro —murmuraba mientras lo hacía— que
luego me resfrío todo y “no están hechos estos pies para tan malas botas”.
Y
así fue. Vestido y correctamente abrigado, aunque más bien parecía un
espantapájaros, salió al umbral donde halló a Balidorronco dormitando y a Bruna
con la vista clavada en una piedra que estaba entre sus patas delanteras.
—Loca,
cuando yo digo que está loca, es que está loca — pensaba Balidorronco que, en
realidad, lo que hacía era observarla con los ojos entrecerrados—, ¡qué cosa
más chifladísima de cabra!
Ulrico se quedó mirando a las cabras. Primero a la una;
luego a la otra; después, de nuevo, a la una. ¿Por qué él no podía tener unas
cabras boscosas normales? ¿Por qué él no podía tener un día normal?
Definitivamente, no podía hacer nada. De lo malo, malo, los
días junto a Balidorronco no pasaban de ser medianamente normales, al menos
hasta la aparición de Bruna, así que lo mejor sería es que se “deshiciese” de
ella cuanto antes.
—Bruna,
maja —le dijo— discúlpame si interrumpo tu atenta observación del pedrusco,
pero necesitaría un poco de leche —terminó diciendo cada vez más bajito y con
la boca más pequeña.
No
se había dado cuenta, pero había cruzado las manos detrás de la espalda,
apoyaba la punta de su pie derecho contra el suelo mientras lo balanceaba de un
lado a otro con la rodilla ligeramente flexionada, y el rubor había cubierto
sus mejillas. Parecía más bien un niño duende recitando un laid al maestro, que
el mismísimo Señor del Bosque.
Si
Balidorronco hubiera podido taparse la cabeza con las patas, lo hubiera hecho
sin dudarlo, tan temerosa estaba de lo que podía sobrevenir. Pero Balidorronco,
como siempre, no podía taparse la cabeza con las patas... Balidorronco no podía
taparse con nada la cabeza porque la acababa de meter entre unas matas de
perfumada hierbabuena.
—Hierbabuena...mmmm....
—pensó en ese instante la cabra— tengo hambre —Y comió—. Lo cierto es que no es
tiempo de hierbabuena... esto sí que es raro.
Pero
no le importó lo más mínimo que no fuera tiempo de hierbabuena; pensaba dar
buena cuenta de ella y no dejar ni un ápice del perfumado macizo.
Como
Bruna, por su parte, no daba muestras de querer enterarse, Ulrico se hizo el
locuelo y, cogiendo la banqueta y el caldero de ordeñar, se acercó a ella y,
para sorpresa de todos los presentes, pues había más ojos mirando que hojas
desaparecidas (era invierno, no lo olvidemos), se dejó hacer.
Terminado
que hubo de ordeñar a la cabra y habiendo recogido los bártulos, se abrigó bien
abrigadito y se dispuso a emprender lo que llamó “La Marcha del Abandono, o de
cómo Ulrico del Bosque, Señor del Gran Roble abandona a una Cabra”
—Balidorronco,
monina —se dirigió hacia la cabra que dormitaba con un ramillete de hierbabuena
en la boca— ¿Nos acompañas? ¿No querrías despedirte de tu amiguita?
Balidorronco
torció la cabeza para no verle la cara de tontito que estaba poniendo el
duende.
—¡Claro!
Y la llevo a lomos también... —se dijo— ¿Pero tú te piensas que esa puede ser
‘amiguita’ mía? Más nos valdría no haberla visto... pero, mírala, si da pena el
solo hecho de verla.
—Claro,
¡cómo no querrás venir! —sentenció Ulrico— sois parientes, tendréis mucho que
deciros...
—Este
duende ha enfermado —pensó Balidorronco.
De
modo que los tres, pues ninguna de las dos cabras se había opuesto (claramente)
al “paseo” matinal por el bosque, se pusieron en camino. Lo cierto es que
Ulrico no tenía ni idea de dónde dejar a Bruna. Ahora empezaba a pesarle un
poquito su decisión...
—Pobre
cabritilla —le iba diciendo mientras la miraba con cierta ternura—, tan sola
por este inmenso bosque, sin nadie que te cuide, que te dé un hogar, una
amiguita, la mejor hierbabuena...
—¡Ah!,
¿pero es que ésta me ha comido Mi hierbabuena?
—pensó Balidorronco—¡Lo que me faltaba ya por saber! Que se vaya de una vez,
Enemiga de la Paz.
—Sin
nadie que te ordeñe es magnífica lechecita — siguió diciendo Ulrico— ¿Quién te
querrá ahora como nosotros tres? En este oscuro bosque, de noche, al frío, sin
hogar...
—Nadie
le pidió que viniera y conociera las “mieles” de vivir con el Señor del
Bosque —se rió Balidorronco—. Bueno, en realidad sí que se lo ‘pidieron’...
aunque fue prácticamente secuestrada. ¡Qué fuerte me parece todo!
—En
fin —continuó el duende—, es una decisión que ya está tomada y no hay vuelta
atrás. vuelta
Anda
que te andarás, el extraño cortejo, que más bien parecía un grupillo de genios
del bosque por lo silenciosos, llegaron a las Últimas Colinas, donde el duende
acababa de decidir que dejaría a Bruna.
—Aquí
estarás cerca de las aldeas de los hombres y podrán recogerte y darte un hogar
—le dijo—, desde luego no tan bueno como el nuestro, pero un hogar.
—Sí
—apostilló para sí Balidorronco—, desde luego no tan bueno...
Cuando
Ulrico se dio media vuelta, percibió que entre los brezos amarillos (tenía que
ir a visitar a las abejas del brezo, por cierto, se recordó) había algo que
desentonaba. Algo rojo y muy brillante. Algo maravilloso, algo estupendo, algo
fabuloso. Seguro que era una baya (¿de invierno?) del tamaño de un pie.
—¡Hum!
—murmuró— ¡Hum de nuevo!
Se
acercó vacilante al ‘algo rojo y muy brillante’. Desde luego, si era precioso y
transportable, se lo pensaba llevar. Bueno, y si no tenía dueño a la vista,
claro.
—Bien
pensado... el último dueño soy yo, que por algo soy el Señor del Bosque —convino
en voz queda como para justificarse ante... ¿las cabras?
Llegado
que hubo todo lo cerca que se atrevió, descubrió que el ‘algo rojo y muy
brillante’ no eran sino unas admirables y extraordinarias botas rojas de cuero
blando. Preciosas, maravillosas, hermosísimas, fastuosas, lindísimas y
unidísimas a unas piernas larguísimas y robustísimas. De hombre. Ulrico dio un ligero
salto atrás asustado.
—Un
hombre —pensó—. Unas increíblemente preciosas botas rojas. Un hombre. Hum...
Dicho
y hecho, aquello fue visto y no visto. Con la habilidad propia de los duendes,
al menos de los duendes que Balidorronco había conocido, el Señor del Roble y
del Bosque, el gran Ulrico del Bosque, descalzó de sus botas al pobre hombre
sin que éste se apercibiera de la sustracción. Balidorronco no daba crédito a
lo que estaba pasando.
—Siempre
supe que este duende no era normal —pensó la vieja y muy noble cabra boscosa—. Está mal... está fatal. A este duende más bien le vendrían unas vacaciones en algún Bosque más
aireado. ¡Es lo que me faltaba ya por ver! Yo, toda una dama de la más alta
alcurnia de cabras, conviviendo con un duende ladrón, ¡Qué insultante insulto!
¡Qué atrocidad tan sumamente atroz! ¡Qué vergüenza tan vergonzosa!
—¡Que
maravilla! —comentó Ulrico teniendo el par de botas en sus manos mientras las
admiraba con unos ávidos ojos—. Pobre hombre, va a quedarse frío si no se
calza... estos hombres... ¿acaso no saben que no se debe andar descalzo por
ahí? ¿Que pueden coger un resfriado de troll? ¡Inconscientes! ¡HOMBRES! —Balidorronco
trató de balar de exasperación y no consiguió más que emitir un sonido más
parecido a uno de los gases nocturnos del duende—. Claro Balidorronco, si hasta
tú me das la razón —le dijo a la cabra— Se piensan que el mundo es como sus
castillos, ahí, sembrado de heno fresco y secos juncos donde pisar. Se piensan
que pueden campar descalzos y a sus anchas cuando les plazca.
En
ese entonces se acercó Bruna a olfatear, como un perrillo, los pies del hombre.
El roce con el hocico caliente de la cabra le debió de hacer cosquillas o algo
similar, porque meneó los diez dedos velozmente. Ulrico se espantó mucho por el
rápido movimiento de los dedos y emitió una risita nerviosa más propia de un
duende niño que del Señor del Bosque.
—Bien,
habrá que hacer algo contigo, Bruna —le dijo a la cabra que se había acomodado
tirada en el suelo todo lo larga que era a comer, allí mismo, al lado del
hombre.
—¡Qué
poca clase! —pensó Balidorronco ante esta imagen.
—Y
ya que has decidido quedarte con él, de guardiana, lo cual me parece una buena
elección, aquí te dejaré.
El
cordel que pendía del pescuezo de la cabra, era bastante largo, y Ulrico lo
anudó al dedo pulgar del pie izquierdo del hombre con sumo cuidado y extremo
tacto para que ni se despertara y ni volviese a hacer ese movimiento que tan
gracioso le había parecido.
—Sí,
así está perfecto —murmuró— creo que mi buena Bruna bien vale el par de botas y
las calzas... aunque creo que me han de quedar un poco holgadas; bueno, como se
dice “valen más unas botas grandes en pie creciente, que primero llenas de
carne y por la noche con hambre”.
El
hombre se movió un poco y Ulrico se asustó y se escondió tras unos matorrales,
práctica en la que era muy ducho, como todos los duendes, por otro lado.
Balidorronco no daba crédito a lo que acababa de presenciar, ¡cambiada!, una
cabra de bosque cambiada por unas botas y unas calzas como si fuera una lechuga
o un par de tomates. Increíble. Como no se anduviera con ojo, cualquier día de
estos la cambiaba a ella por unos calzones. Pero bueno, tampoco se hacía muy
mala sangre, que la arrimada esa bien merecido se lo tenía por haberle hecho
pasar tan malos ratos a Ella, reina y señora de las cabras boscosas.
Cuando
Ulrico comprobó que el hombre seguía dormido y bien dormido y la cosa no tenía
visos de cambiar, silbó suavemente a Balidorronco para que se acercara y poder
regresar al Roble.
—¡Bueno!
¿Y qué más ha una de soportar? —pensó indignada la cabra— me silba como si
fuese un perro sarnoso, yo que soy lo más de lo más; como si llamase a una
cualquiera, ¡qué barbaridad! ¡Pues ven tú a buscarme!
Balidorronco se situó tras la cabeza
del dormido y miró cara a cara al duende quien, si quería cogerla debería
rodear bastante al hombre.
—Eso, que haga algo de ejercicio el
grueso Señor del Bosque, que falta le hace a esa protuberante barriga —pensó.
Le encantaba la palabra
‘protuberante’, consideraba que describía a la perfección tanto la nariz del
duende como la barriga. Y sonaba francamente bien. Y mucho más en su caprina
boca. Así que cuando Ulrico volvió a silbar a Balidorronco, ésta permaneció
impasiblemente inalterada mirándole, con orgullo y testarudez.
Pero el protuberante duende,
perplejo ante la imprevista desobediencia de su cabra, a no tenía visos de dar
rodeo alguno pudiendo saltar con su innata “gracilidad” el dormido cuerpo del
hombre, cosa que resolvió hacer rápidamente, no fueran las cosas que se
despertara.
Cogió, pues, carrerilla y saltó,
pero no calculó bien las distancias habidas entre el suelo y las ramas más
bajas que daban sombra y cobijo temporal al hombre, de modo que se golpeó con
ellas y cayó con todo su peso (que no era poca cosa) sobre la pecho del hombre.
Cara contra cara. Los ojos del despertado durmiente parpadearon dos o tres
veces presas del aturdimiento y la sorpresa; la garganta de Ulrico comenzó a
proferir gritos de espanto y de susto, pero no se movió de encima del hombre,
que ahogó un grito.
Ulrico no sabía qué hacer, conque lo
primero que se le vino a la cabeza fue “que se duerma otra vez”. Murmuró medio
conjuro (sólo medio porque no se acordaba de cómo era el otro medio) y, viendo
que la cosa no tiraba para adelante, para adelante tiró su cabeza,
estampándosela contra la cara del hombre con un fuerte golpe que lo dejó
inconsciente… Fue la primera y la última vez que el duende Ulrico, Señor del
Gran Roble y Señor del Bosque utilizaba la violencia. Más que nada por el tremendo
dolor de cabeza que tuvo durante una semana y media debido a tamaño golpe.
Y así permanecería el pobre hombre
que cuando se despertó de su obligado segundo sueño, se encontró con que era
noche cerrada, que tenía una cabra atada al dedo grueso de su pie izquierdo,
que carecía de botas y calzas, que le dolía profundamente la nariz, que
recordaba haber tenido una cara muy peculiar a pocos palmos de la suya, que de
pronto aquella se había aproximado velozmente contra la suya, y ya. Bueno, si
no fuera por el intenso dolor en la nariz y que había ganado una cabra lechera
de aquel peculiar y no menos extraño asunto, diría que su día había sido
horrible. Pero Ulrico eso nunca lo sabría.
Convencido que se hubo de que el
hombre no despertaría en un buen rato, se fue tan contento con su botín, a
sabiendas de que éste no le causaría tantos problemas y tantos dolores de
cabeza (uno sí, indirecto, pero no tantos) como Bruna le había ocasionado. Se
olvidó pronto de aquel ‘doloroso’ episodio y retomó el camino de vuelta junto a
su querida y mayor Balidorronco.
—¡Qué
desastre! —iba meditando Balidorronco mientras masticaba unas briznas de hierba
especialmente gruesas— Este duende cualquier día me mata del susto. Si las
hadas se enteraran de este asunto, de seguro que se lo harían pasar mal al
mismísimo Señor del Bosque. Lo cual, para ser sinceras, no es que me importe
demasiado, el problema es si me hacen cómplice a mí... eso sí que sería
horrible y espantoso, aterrador, pavoroso, terrible y horroroso, espeluznante y
horripilante, horrendo y escalofriante, y todo eso. Si las hadas tuvieran unas
prisioncillas para duendes locos, desde luego que sería muy capaz de chivarme
del gordo éste. Mmmm... —trató de balar— hierrrba blanca...
Y
acabó todo posible chivatazo porque para Balidorronco era infinitamente más
importante la comida que cualquier otra cosa. Bueno, la verdad es que también
su linaje era más importante. Y su clase y su glamour. Pero la comida era
fundamental.
—¡Oh,
fue maravilloso! —exclamó Ulrico mirando a su cabra— ¿No crees, Balidorronco?
Tengo botas nuevas, unas cálidas calzas, nos hemos desecho de esa problemática
cabra y ha acabado bien el día.
—Sí,
maravilloso. Han sido unos días perfectos — musitó para sí la cabra— ¡Anda y
ponte a zurcir esas espantosas calzas y déjame cenar en paz!
Y
el duende optó por tocar el laúd y cantar una canción. Claro, después de haber
dado buena cuenta de una opípara cena.
Cuando
terminó de cenar, se vistió de pantalones verde manzana, una camisa blanca algo
deslustrada y, a juicio de Balidorronco, deshilachada, una chaquetilla de lana
color verde manzana, y gorro verde manzana y un chaleco verde manzana.
—Ahí
está — pensó Balidorronco—, la Reineta
del Bosque.
Ulrico
salió ante la puerta del Roble con el laúd y la enorme barriga rellena de la
mejor cena de la semana. Se puso a cantar. Pero el frío día no podía terminar
bien, al menos para el duende. Cuando había oscurecido y sólo asomaba la débil
y dorada luz de las velas del interior del roble, otra luz, plateada ésta, hacía
su majestuosa entrada en el claro del roble. El cortejo nocturno de las hadas.
A Ulrico se le quitaron súbitamente las ganas de continuar tocando y cantando.
Y las ganas de permanecer por más tiempo allí sentado. Y las ganas de seguir
despierto. Y las ganas de sentir ganas.
—Mi
señor — dijo una de las hadas cuando la comitiva se detuvo ante él— permitid
que nos dirijamos a vos; Pero, ¡oh!, estáis realmente elegante vestido de esta
guisa, así, con ese hermoso color verde manzana — algunas hadas tuvieron que ahogar
sin mucho éxito unas risitas.
—Supongo
—contestó desganado el duende—, mis queridas amigas y convecinas, que nos os
habréis desplazado hasta aquí solamente para alabar mi buen gusto en el vestir,
¿no es así?
—Oh,
por supuesto que no — contestó otra hada—. Mi señor, nos han llegado noticias
de ciertos extraños sucesos esta tarde en las Últimas Colinas. Dos zorzales nos
comunicaron profundamente escandalizados que el mismísimo Señor del Bosque
había, primero, cambiado a un hombre una cabra boscosa por unas calzas y unas
botas rojas y, después, golpeado el rostro del propio hombre tras haber
intentado hechizarlo. ¿Se habrán equivocado nuestros zorzales, por supuesto,
como se equivocaron cuando dijeron que el Señor del Bosque se paseaba en paños
menores por el cauce del río?
El
duende, si hubiera podido, se habría transformado en manzana verde para acabar
convertido en compota por lo avergonzado que estaba y lo pequeño que se sentía
ante aquella acusación y aquellas insinuaciones.
—Mis
queridísimas hadas — dijo finalmente Ulrico—, ¡por supuesto que se habrán
equivocado! ¿Cómo podéis dudar algo de esta magnitud? Con lo atareado que he
estado recogiendo leña, y limpiando el claro, y ordenando mi casa, y pensando
en la próxima coronación de vuestra reina, y paseando, y comiendo, y vigilando
a los animales, y cuidando de que todo esté en paz en el Bosque...
Balidorronco
emitió un regüeldo bastante prolongado cuyo sonido quedó flotando en el claro.
Las hadas callaban; Ulrico callaba; los animales que estaban despiertos y
observaban la escena callaban; las tripas de Balidorronco rugían demoledoras.
Por fin las hadas hablaron.
—Por
supuesto, mi señor; no queríamos más que cerciorarnos. Descansad, que con toda
seguridad habrá sido un día realmente agotador para el Señor del Gran Roble y
Señor del Bosque. Los numerosos trasiegos del duende más importante de la
floresta tienen que ser francamente cansados.
—Muy
agradecido. Descansad vos igualmente.
Y
las hadas se fueron por donde habían venido, dejando a la compota de manzana
verde esparcida por el suelo del claro del Roble.
—Andad
y meteos en vuestros preciosos palacios y dejadme tranquilo — el duende no
podía contenerse—. Como dice el acertijo “Me lleváis, me traéis, y si sois nuevos quizás me
mordéis”, pero,
mis queridas hadas, no sois nuevas para mí.
Y
el día terminó por caer cuando la invernal luna asomó sus ojos por detrás de
los robles del Bosque. Ulrico se recogió al interior de su cálido hogar con
Mieyu jugueteando por entre sus pernezuelas esbozando una socarrona sonrisa de
victoria y pensando en que al día siguiente estrenaría unas fabulosas y
estupendísimas botas rojas. El viento hizo bailar las hojas del roble y silbó
entre sus ramas, en aquel hermoso claro, verde oscuro y desnudo de hojas
doradas.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado
y que lo olvide aquél a quien no le haya gustado;
y al que sí, que lo calle,
porque aún no está terminado.